Qué es procrastinar realmente. Es un término muy utilizado y que mucha gente menciona en consulta. Sería bueno conocer qué es y cómo puede solucionarse.

¿Qué es procrastinar?

Se llama procrastinar al aplazamiento de una obligación o un trabajo. No solo implica el hecho de dejar una tarea para más tarde, si no que dicha tarea es importante y se sabe que es una mala idea atrasarla.

Todas las personas procrastinamos, independientemente de la edad.

Procrastinar puede ser un problema de gestión emocional.

¿Por qué procrastino?

Como cualquier conducta, todos los seres humanos hemos hecho uso de este tipo de comportamiento alguna vez en la vida.

Tú, como todos, has procrastinado o dejado una tarea importante para el último momento. Esto es algo que los psicólogos tenemos en cuenta. Sin embargo, no todas las personas acaban teniendo un problema con el hecho de aplazar las obligaciones.

Normalmente, las personas que acuden a consulta con un problema de procrastinación son las que tienen una intolerancia al malestar o que no saben qué les está ocurriendo. Son personas que ante una situación que les genera molestia o malestar, tienden a esconderlo o a “desconectarse”.

Es una conducta normal 

Como todo en la vida, procrastinar no siempre es un problema. Hay veces que te pones a juzgar tu conducta y te exiges un nivel de perfeccionismo tan alto, que es inalcanzable. Por ello, dejas de hacer algunas de las tareas u objetivos propuestos con el fin de poder llegar a todo.

Otro tipo de momento en el que aplazar tareas es natural y sano es aquella situación en la que estoy pasando un momento emocionalmente complicado. Es normal que tardes más o te cueste más generar momentos de concentración o para llevar a cabo obligaciones. En estos casos, la procrastinación es una conducta sana y adaptativa. Exigirte demasiado puede llegar a ser contraproducente.

¿Procrastinar puede ser un problema?

Te voy a contar dos casos en los que atrasar el momento de llevar a cabo las tareas que tienes por delante han constituido un problema y una fuente de estrés y ansiedad.

El primer ejemplo es un estudiante de muy buenas notas. Se trata de un adolescente con una capacidad de esfuerzo y trabajo excelente. Esto, unido a la presión que supone la expectativa de que pueda mantener un nivel de notas perfecto y la búsqueda de la aprobación constante de sus figuras de referencia.

A pesar de que nunca ha recibido una mala cara o comentario acerca de su desempeño, la sensación de no haber recibido grandes halagos genera en este chico la necesidad de apuntar a lo más alto. Según avanza en los cursos, la dificultad y el tiempo invertido en las tareas aumenta generando una sensación de incapacidad a la hora de abarcar todas y cada una de las obligaciones pendientes. Aumentan las horas de estudio y, con ello, el malestar. Se reduce casi a cero el tiempo de ocio y, de nuevo, aumenta el malestar. La intolerancia a esas sensaciones hace que el menor acabe por ocupar su tiempo con actividades que le ayuden a evitar pensar dejando totalmente de lado sus tareas escolares.

El segundo ejemplo es un hombre de 50 años. Trabajador con buen desempeño y buenas ideas. Se trata de una persona que no ha cometido muchos fallos en su vida a nivel académico – laboral. Sin embargo, tiene el hábito de hacer las cosas en el último minuto. Una de las particularidades de su trabajo es que no necesita tener las cosas para un momento concreto. Se va trabajando por objetivos alcanzados y no por fechas concretas. Estos dos factores unidos generan en el hombre un malestar intenso. Quiere realizar el trabajo que tiene pendiente, pero por mucho que quiere acaba pasando el rato jugando al ordenador.

En ambos ejemplos, el hecho de procrastinar genera un malestar intenso en los protagonistas. Este hecho es lo que convierte una reacción humana ante tareas poco motivantes en un problema que requiere ser abordado.

Ambas personas necesitaron ayuda psicológica para aprender a gestionar las obligaciones y las emociones de otra manera.

¿Cómo dejo de procrastinar?

En ambos casos, lo que unos ojos expertos pueden ver es algo que va más allá del acto en sí de procrastinar.

Fuschia Sirois dijo que la procrastinación es totalmente irracional, ya que no tiene sentido poner en marcha una acción que solo tiene consecuencias negativas. Su conclusión es que las personas caen en este círculo negativo debido a sus dificultades para manejar los estados de ánimos negativos que acompañan a la tarea.

En el primer ejemplo, lo que mantiene al chico enganchado a su procrastinación es el malestar que supone la posibilidad de erra y no alcanzar siempre la máxima nota. Además, este miedo se incrementa cuando sus figuras de referencia no muestran admiración o una gran ilusión ante los resultados alcanzados generando una sensación de “nunca es suficiente” que se reactiva cada vez que se pone a estudiar.

En el segundo ejemplo, la frustración que supone querer hacer las cosas diferentes y el constante juicio que el señor emite sobre su incapacidad de hacerse cargo de una tarea desde el inicio, teniendo que dejarlo todo para el final, es lo que hace que esta persona no pueda hacerse cargo de su malestar, necesitando apagarlo.

Por tanto, procrastinar no solo implica organización, también requiere aprender a gestionar tus emociones.

Recuerda que se puede dejar de procrastinar.