Han empezado a pasarme muchas cosas porque no me quedo embarazada.
Mi vida ha empezado a cambiar porque no me quedo embarazada.
¿Es normal todo lo que me pasa? ¿Cómo debo sentirme cuando no me quedo embarazada?
Empecé ilusionada…
Siempre quise ser madre, o puede que no fuera un deseo de siempre.
Pero un día decidí que era el momento de serlo. Así que me preparé para ello, empecé a tomarme mi ácido fólico, hablé con mi pareja y me preparé para quedarme embarazada.
Sabía que podía tardar, hay personas a las que les ocurre. Pero la mayoría de mi entorno se quedaba a la primera, puede que a la segunda.
Yo no tenía porque ser menos, puede que fuese joven o quizá no tanto para los médicos, pero yo me sentía en plena juventud.
Me cargué de actitudes positivas, de energía. Hasta hicimos un calendario para buscar el embarazo.
Aumentamos nuestras relaciones sexuales, calculé mi ciclo durante los meses anteriores, tenía localizado (o eso creía) mi momento de ovulación.
Pero los meses pasaban y todos acababan con esa mancha roja en mi ropa interior.
«Otro mes mas en el que no me quedo embarazada, y con este ya van unos cuantos» pensaba.
Los meses pasaban, ¿por qué no me quedo embarazada?
Un mes, dos, tres, cuatro… embarazadas por todas partes, amigas que anunciaban sus embarazos y yo no conseguía un test positivo.
Me sentía triste, enfadada, frustrada… Y no tenía a quién contárselo. Las veces que lo había intentado me había sentido sola y culpable:
«Sois jovenes, paciencia»
«Estas cosas pasan, llegará cuando te relajes»
«Bueno, tía, creo que te obsesionas demasiado»
Respuestas de mi**da que me hacía sentir mucho peor de lo que ya lo estaba.

Las emociones porque no me quedo embarazada.
Con el paso de los meses, las emociones y las ganas fueron cambiando.
Al principio todo era ilusión, esperanza y positivismo. Pero cada vez, más emociones negativas me invadían.
No me apetecía ver a mis amigas…
No me apetecía ir a las bodas de los siguientes en embarazarse, mientras yo no lo conseguía…
Tenía miedo a irme de viaje…
No quería hacer nada…
y todo porque no me quedaba embarazada.
Puedes llamarlo obsesión, yo prefiero llamarlo ilusión.
Me hacía tanta ilusión convertirme en madre, hacerlo con mi pareja. Tener un hijo juntos fruto de nuestro amor.
Pero algo no estaba funcionando… y en todas las demás pareja parecía que sí funcionaba. Así que la mejor manera de protegerme era no tener contacto con personas que, en mi cabeza, podían anunciar un embarazo.
Claro, que todo el entorno estaba más o menos en el mismo punto. Por eso muchas de mis amigas estaban embarazadas o empezando a buscarlo.
¿Por qué no me quedo embarazada y todo el mundo lo logra a la primera?
Esto me rondaba la cabeza a todas horas.
¿Puede que mi cuerpo no funcione bien? ¿Y si es culpa de mi pareja?
Llegué a buscar la fórmula para relajarme completamente, intenté engañarme para ver si desde la relajación me quedaba, pero no fue así.
Rabia, frustración, ENVIDIA. Yo, que no era una persona envidiosa… ¿o quizá sí?
Empece un proceso con una psicóloga perinatal. Me ayudó a entender cosas. A respetarme a validarme.
A darme cuenta que muchas emociones surgen cuando no me quedo embarazada.
Que mis proceso es normal. Que tengo permiso a sentirme así, aunque pocas personas puedan entenderlo.
Me explicó que «quedarse a la primera» es la excepción más que la regla.
Que mucha gente cree que se ha quedado a la primera o «sin querer», pero llevaba años sin usar métodos anticonceptivos.
Que practicar la «marcha atrás» no es anticonceptivo, que toda esa gente que no usa medios con sus parejas ya lo están intentando.
Me contó que mucha gente miente y, con el tiempo, cuenta detalles que demuestran que llevaba tiempo intentándolo. Pero se avergüenzan de haber tardado.
Me ayudó a darme cuenta de que todas pasamos por esto cuando queremos buscar un embarazo. De una u otra manera.

La frustración porque no me quedo embarazada.
Esa emoción que me decía que no estaba consiguiendo algo que quería.
Cómo es posible que toda mi vida me hubieran preguntado si quería o no ser madre.
Que me hubieran enseñado a tener cuidado para no quedarme embarazada, con razón.
Pero nadie me había explicado cómo funcionaba este proceso, que podía ocurrir que no fuese cuestión de querer sino de poder.
Que no todas las parejas pueden tener hijos de manera natural, que muchas necesitan ayuda externa.
La frustración trajo consigo muchas otras emociones. Como el enfado con mi cuerpo por no estar funcionando como debería.
¿En qué posición me dejaba eso como mujer? Jamás pensé que no podría tener hijos, pensé que con quererlos bastaría.
Gestión emocional, porque no me quedo embarazada.
Mi psicóloga me ayudó a aceptar y validar mis emociones, pensamientos y momento vital.
Un espacio en el que sentir que podía hablar en bucle de lo mismo, sin sentirme juzgada ni sentir que «tenía que relajarme».
Qué fácil es decirle a otra persona que se calme, que se relaje, que no se obsesione, mientras tienes tus hijos o vas a las ecografías de tu embarazo.
Mientras la otra persona ve como todo el mundo logra lo que ella quiere, mientras su relación de pareja se desmorona, mientras las relaciones sexuales pasan a ser una obligación más que una fuente de intimidad y placer.
No lograr un embarazo no es solo un deseo no cumplido, es lidiar con el duelo de la expectativa. Es lidiar con comentarios, con opiniones de lo que tenéis o no que hacer, es lidiar con una sociedad en la que nadie te explica que hay personas que quieren ser padres, pero no logran un embarazo.
Entendí que no hacer planes, como viajes o actividades, por si estaba embarazada no me ayudaba. El sacrificio que estaba haciendo durante la búsqueda me perjudicaba. Esto no le ocurre a todo el mundo, pero me pasaba a mí.
Tenía que dejar de actuar como una embarazada. Ya habría tiempo de hacer sacrificios cuando lo estuviera, en este momento me convenía más disfrutar de beber una cerveza, de hacer ese deporte que tanto me gustaba. Es decir, no castigarme sin aquello que podía hacer y que disfrutaba haciendo ante la posibilidad de embarazo.
No quedarme embarazada era una parte muy importante de mi vida, pero no podía convertirse en el todo.
Respetar y cuidarme en mis pensamientos. Si no me apetecía ir a una boda, valorar si esto me cuidaba o no. Algunas bodas eran de personas muy importantes para mí y no estar allí me descuidaba. Pero había otras, de gente más lejana que podía faltar porque ir me hacía más daño.
Aprender a tomar decisiones flexibles, aplicar las decisiones a cada situación. Ni faltar a todas las bodas o eventos, ni obligarme a ir a todas. El todo y la nada no son realistas.
Pedir ayuda…
Pero lo que más me ayudó es contactar con una psicóloga perinatal. Alguien que pudiera ayudarme a sentirme comprendida y acompañada.
Me acompaña en la toma de decisiones, me ayuda a entenderme y entender mis emociones.
Sabe cuando tiene que pararme los pies y cuando tiene que dejarme ser catastrófica.
Y me permite decir, pensar y sentir lo que nadie más me permite.

Si te sientes identificada con esto, en Serene Psicología sabemos por lo que estás pasando. Estamos formadas y preparadas para ayudarte.
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